R U B É N   D A R Í O,   A Ñ O S   E N   C H I L E.


p o r   J u a n    L o v e l u c k   M.

 

 

 

Juan Loveluck M. (1929) Profesor, ensayista, estudioso de la literatura hispanoamericana.

Este artículo incluye dos dibujos de Enrique Ochoa, pertenecientes a la edición madrileña de Azul, editada en octubre de 1912.


 

 

 

Rubén Darío – Félix Rubén García Sarmiento - nació en 1867, en Metapa, hoy Ciudad Darío, Nicaragua.

 

Eros y la poesía despertaron pronto en él.  Amó antes de tiempo –con pasión de país de sol-, hizo versos revolucionarios y antipapistas, por  los que perdió posibilidades de ir a Europa, niño todavía, enviado por su gobierno.  Su niñez fue torturada e inquieta, como su juventud, de la que ha dicho, en inolvidable estrofa:

 

“Yo supe de dolor desde mi infancia;

Mi juventud… ¿fue juventud la mía?,

Sus rosas aún me dejan su fragancia,

Una fragancia de melancolía…”

 

Tuvo sed de viajes – como sed de amor -.  Llegó a Managua, donde ocupó un cargo en la Biblioteca Nacional.  Allí leyó los clásicos españoles.  Como quisiera casarse –precoz en la poesía, precoz en el amor- a los catorce años, sus amigos y parientes juntáronle unos pesos para que viajara a El Salvador.  De regreso en su patria, un nuevo problema erótico con su “garza morena” lo hace pensar en irse a Estados Unidos.  “A causa de la mayor desilusión que pueda sentir un hombre enamorado –nos dice en su Autobiografía (1)-, resolví salir de mi país”.

 

El general y diplomático salvadoreño Juan Cañas, que en 1875 había estado en Chile, le da el nombre de este país y se lo pinta con entusiastas palabras.  A Chile, aunque sea a nado, le dice y le resuelve el problema de las presentaciones.  El muchacho poeta no es hombre que vacile.  Se embarca y llega a Valparaíso el 24 de junio de 1886, según se lee en diarios del día 25; el barco era el Uarda, de la compañía naviera Kosmos, según el mismo Darío lo relata en la Autobiografía (2).

 

Llegado nuestro joven poeta a Valparaíso, pónese en contacto con el destinatario de la carta (3) otorgada por el general Cañas, Eduardo Poirier, y cerca de él vive esos primeros meses en Chile.  Darío reconoció que don Eduardo fue para él como un hermano; presentolo a varias personalidades del puerto y tuvo junto a él la que para Darío sería la primera experiencia literaria chilena – ya que el artículo sobre Vicuña Mackenna de que nos habla el poeta en la Autobiografía lo había escrito en Centroamérica -: la colaboración en una débil novela, cuya historia ha puesto en claro la diligencia de don Raúl Silva Castro: Emelina, que ambos, Poirier y Darío, presentan apresuradamente a un concurso (4).

 

Esta aventura novelesca no carece de interés.

 

El diario La Unión, de Valparaíso, convocó, el 26 de enero de 1886, a un concurso de novelas cuya recompensa era la suma de mil pesos.  El veredicto lo darían Benjamín Vicuña Mackenna, Guillermo Blest Gana, Carlos Walker Martínez, Zorobabel Rodríguez y Ramón Sotomayor Valdés.

 

 

 

Un joven Rubén Darío

Por la fecha de la convocatoria vemos que entonces Darío se encontraba en Centroamérica.  Todavía no llegaba a Chile cuando, en el mes de mayo de 1886, postergóse el plazo de recepción de las novelas, y se alteró la composición del jurado, supliendo a don Benjamín Vicuña Mackenna (fallecido en el mes de enero) por el señor Miguel Luis Amunátegui.  Hemos visto que Darío llegó el 24 de junio; el nuevo plazo del concurso expiraba el 1° de agosto: los pocos días que median entre el arribo del poeta y el final de la fecha guardan perfecta relación con los “diez días” a que se hace mención en el prólogo de Emelina.  Entregada la pequeña y deficiente obra, no obtuvo recompensa alguna, y el silencio que en torno a ella guarda la más entusiasta crítica dariana es el mejor juicio.

 

Ahora bien: ¿podemos pensar que Poirier sólo en contacto con Darío –necesariamente después del 24 de junio de 1886- haya pensado participar en el certamen novelístico de La Unión?  Nos inclinamos a creer que ya el escritor porteño tenía terminada o muy avanzada su creación, que acaso dio a conocer a Darío, quien, con lógico entusiasmo de joven escritor, quiso verla, aportó ideas, sugirió cambios, párrafos nuevos, etc., alteraciones que, aceptadas por el primitivo autor, dieron oportunidad de que ambos la firmaran una vez terminada: eso explicaría, también, que la crítica posterior haya distinguido sólo escasos fragmentos que revelan una participación del poeta nicaragüense.

 

Como dato, recuérdese que Darío y Poirier presentaron Emelinda con los seudónimos de Orestes y Pílades, según ha encontrado Silva Castro en La Unión del 8 de agosto de 1886.  Los mil pesos no fueron a subvenir necesidades de Darío, sino que los cobró, por su novela Dos Hermanos, Enrique del Solar.

 

 

 

El joven poeta debió de trasladarse a la capital a principios de agosto de 1886.  Acaso una carta de Eduardo Poirier lo pusiera en contacto con don Eduardo Mac-Clure o le sirviera de presentación.  Mucha leyenda se ha tejido en torno a este viaje; se ha afirmado que el propio Mac-Clure fue a recibirlo a la estación y que, al verlo tan mal vestido y con tan exiguo equipaje, le dijo frases que habrían herido la sensibilidad del joven poeta.  Este relata en su autobiografía que fue a esperarlo un señor “C.A.”, que Silva Castro (5) identifica con don Adolfo Carrasco Albano.

 

El autor de Prosas Profanas recuerda así –tras la bruma de muchos años y dictando apresuradamente- su llegada a la capital de Chile: “Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones, mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana.  Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan y desfilan y la estación va quedando desierta.  Mi valijita y yo quedamos a un lado, y ya no había nadie casi en aquel largo recinto, cuando diviso dos cosas: un carruaje espléndido con dos soberbios caballos, coche estirado y valet, y un señor todo envuelto en pieles, tipo financiero o de diplomático, que andaba por la estación buscando algo.  Yo, a mi vez, buscaba.  De pronto, como ya no había nada que buscar, nos dirigimos el personaje a mí y yo al personaje.  Con un tono entre dudoso, asombrado y despectivo me preguntó: “-¿Sería usted acaso el señor Rubén Darío?”.  Con un tono entre asombrado, miedoso y esperanzado pregunté: “-¿Sería usted acaso el señor C.A.?”.  Entonces vi desplomarse toda una Jericó de ilusiones.  Me envolvió una mirada.  En aquella mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga, mis ojeras, mi jacquecito de Nicaragua, unos pantalones estrechos que yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos, y sobre todo mi valija.  Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel reducidísimo espacio.  El personaje miró hacia su coche.  Había allí un secretario.  Lo llamó. Se dirigió a mí.  “-Tengo –me dijo- mucho placer en conocerle.  Le había hecho preparar habitación en un hotel de que le hablé a su amigo Poirier.  No le conviene”. (Autobiografía, XIV).

 

Al poco tiempo, Darío empezaba sus labores de periodista, que desde Nicaragua conocía.  En los mesones de redacción de La Época –diario en el que colaboraban grandes plumas europeas y americanas- Darío empezó a rodearse y a ser rodeado de los mejores representantes de la intelectualidad chilena: su gran amigo Manuel Rodríguez Mendoza, el novelista Vicente Grez, Augusto y Luis Orrego Luco, Pedro Balmaceda Toro (A. de Gilbert), compañero de tantas aventuras del espíritu y de las interminables lecturas de los maestros franceses de entonces, en los que su biblioteca era riquísima, Federico Puga Borne, Alberto Blest (hijo), Julio Bañados Espinoza, Gregorio Ossa, Carlos Hübner, Pedro Nolasco Préndez, Jorge Hunneus Gana, Narciso Tondreau –cuyo libro Asonantes prologó-, etcétera.

 

Rubén era, como lo han recordado sus amigos de esos años, flaco, meditabundo, silencioso, zaheridor; lo rebelaban –entonces como siempre- la estupidez, la pacatería, las convenciones; vestía mal, a pesar de lo que recuerda en la Autobiografía, entorpecida su memoria por los años.  Estaba pobrísimo, y era un problema cada pago que debía hacer.

 

 

 

De estos años, la primera producción poética reunida es la que forma su libro Abrojos (1887) (6), que contiene un prólogo en verso, dedicado a su gran amigo Manuel Rodríguez Mendoza, y 58 (7) breves poemas que fueron brotando de los pequeños hechos cotidianos, de los mismos pesares del poeta, o de lo que oía contar, como el abrojo XVII, que se hizo famoso.  Manuel Rodríguez M. relató a Darío el suceso familiar que inspiró al poeta esta certera creación.  El hecho posee un elemento romántico, según lo han referido el mismo Rodríguez Mendoza (8) y otros autores, como Luis Orrego Luco y Samuel Ossa Borne: A ha debido romper su compromiso con determinada señorita por su conducta bohemia y desordenada.  Está un día A bebiendo aperitivos con ciertos amigos en una pastelería sita en Huérfanos con Ahumada.  Ve entrar a su ex prometida; entonces inclina el ala del sombrero y alza el cuello de su traje de modo que ella no lo vea.  El licor brilla en el cristal de su vaso.  Cuando la dama sale, A bebe el licor nerviosamente, de un sorbo, y se va.  No bien había terminado Rodríguez Mendoza de relatar el acontecimiento –se dice- cuando ya Darío ha escrito el famoso abrojo, que es indudable tiene mucho de personal experiencia y dolor sentido:

 

Cuando la vio pasar el pobre mozo

y oyó que le dijeron: -¡Es tu amada!...,

lanzó una carcajada,