¿Quién es Carlos Pezoa Véliz?

                                                   Por Miguel Moreno D.

 

 


Para muchos sólo plantear esta pregunta puede parecer un insulto.  Se han escrito innumerables artículos, estudios y ensayos acerca de Pezoa Véliz y de su obra.  Importantes nombres de las letras chilenas se han ocupado de eso y todos han aportado con acierto su visión del autor.

 

A mi parecer, ocurren tres sucesos capitales con Pezoa y su creación:  el primero se trata de que a partir de él y de Diego Dublé Urrutia (su contemporáneo) se genera en Chile una corriente de magnífica poesía que dura hasta hoy.  Antes de Pezoa, Chile era considerado un país de historiadores y juristas, ajeno a la sensibilidad y al lenguaje mayor que radica en el poema.  Pero luego de él la lista es inacabable; piénsese sólo en nombres como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Nicanor Parra, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Gonzalo Rojas o el mismo Armando Uribe, por solo nombrar algunos.  Este es un fenómeno inusual que ha significado un quebradero de cabeza para los estudiosos, más aún si se da en un restringido terreno geográfico y  en algo más de cien años, de manera que muchos de estos poetas conviven y comparten un mismo periodo de tiempo.

 

En segundo lugar, la temática de su poesía está influenciada por el naturalismo fijándose sobre todo en el devenir de la gente del pueblo, de los humildes, de los que cada hora de su existencia cuesta sangre y penas.  Si cruzamos esto con su propio pasar, corto y desdichado, pero apurado al máximo resulta en una poesía recia, a veces brutal, austera y amarga.  El mismo Pezoa declara en una conversación con su amigo Ignacio Herrera Sotomayor: "Piense usted que desde Homero hasta mí ha habido una sola concepción de la poesía y que, después de mí, toda va a cambiar.  Hasta ahora se ha cantado lo bello; pues bien, yo voy a cantar lo feo, lo repugnante".  Afirmación simplificada y nada modesta del poeta, pero sin duda errada.  Demos por ejemplo tan sólo a Baudelaire que 50 años antes había publicado Las Flores del Mal  y en relación al tema social no olvidemos a Baldomero Lillo y aún antes a Dublé Urrutia.  Con todo Carlos Pezoa fue, y así se le reconoce, un poeta popular.

 

En tercer lugar, su obra más importante se reduce a 10 o 12 maravillosos poemas.  El resto es, a decir de los críticos, irregular.  Pero esos pocos poemas bastan para modificar el curso de la poesía venidera y situarle como el referente más válido de la mayoría de los poetas chilenos contemporáneos.

 

Tema aparte es referirse a su vida, marcada siempre por la carencia, la poca fortuna y tan corta además, apenas 29 años.  

 

El poeta nació en 1879, hijo natural de Elvira Jaña y de un español de apellido Moyano.  Sin embargo, fueron Don José María Pezoa y Doña Emerenciana Véliz quienes le cuidaron y le dieron sus apellidos.  Ellos eran un matrimonio modesto y sin hijos que vivían en esa época en un negocio de venta de carbón frente a Plaza Almagro, en el Barrio San Diego de Santiago. Allí creció Carlos Pezoa, en un medio bravo y de dudosa moralidad, rodeado de burdeles, guapos y pelusas como él.  Cumplió la primaria en la Escuela Pública Nº 3 y más adelante, a los catorce años se matriculó en el Colegio San Agustín dónde se destacó como buen alumno, pero por razones económicas y tal vez sicológicas suspendió estos estudios para retomarlos tiempo después.  Se desempeñó como zapatero remendón y más adelante se ocupó de calar sandías en La Vega Central.  Ya entonces escribía poesía.

 

En 1898, ante el peligro de guerra contra Argentina, ingresa como voluntario al cuartel del Tercero de Línea, es una experiencia nada grata al parecer por su soneto La pena de azotes en que describe el humillante castigo a que es sometido un desertor aprehendido.  Luego de esto se desempeña como ayudante en la Escuela San Fidel, lo que le permitió ganar algunos pesos, pero donde fue pronto despedido.  De ahí de vuelta a la vida de carencias y bohemia que mellarían su delicada naturaleza física.  Escribe en su diario:  "Me acostaré pronto.  Anoche tuve algunos ataque en mi cama que me hicieron temer la muerte. Parece que hoy se repetirán.  Estoy bastante enfermo de mis pulmones".

 

Su situación económica es tan mala que pasa días enteros sin comer.  Consigue un puesto administrativo en el Escuadrón de Escolta el cual pierde al poco tiempo debido a  "incompetencia para llevar la documentación".  En 1902, Carlos Pezoa se radica en Viña del Mar donde se enamora, es una relación breve y dolida.  Comienza a trabajar como secretario de la Municipalidad.  También dicta clases en el Instituto Inglés.  Este es al fin un periodo de bonanza. Alcanza relativo renombre al ser publicados sus versos en periódicos y revistas.  Aumenta sus ingresos sirviendo de agente de avisos en el diario El Chileno.  Vivía en una Residencial de la calle Viana donde lo sorprende el terremoto de 1906.  Así, poco le duró su buena fortuna.  Le trasladaron herido a una carpa en la  calle Traslaviña y de ahí  le llevaron al Hospital Alemán del Cerro Alegre.  Pezoa estaba inválido de ambas piernas.  Luego de una breve convalecencia en el pueblecito de El Almendral vuelve a caer enfermo y los doctores le suponen una apendicitis, le operan con desastrosos resultados porque la herida no cicatriza.  Es derivado al Hospital San Vicente en Santiago donde por razones económicas debe quedarse en la sala común de aquel recinto.

 

Alone recuerda que Augusto D'Halmar fue a visitarlo con otros amigos, entonces el poeta le entregó una cuartilla.  "Acabo de escribir estas líneas. ¡Guárdelas Usted!", le dijo.  Era Tarde en el Hospital, hermoso poema que figura en varias antologías.

 

El Dr. Eugenio Cienfuegos, que lo atendió en sus últimos momentos con gran esmero y cariño, ha dejado constancia de ese trance: "Su soledad durante el tiempo que estuvo recluido en el hospital fue horrible...Su agonía duró cinco días, durante los cuales vivió en un estado de sopor y letargo...Falleció, acompañado sólo por mí, una mañana como a eso de las 9, en otoño".   Pezoa murió el 21 de Abril de 1908 .

 

Su funeral fue como su vida, pobrísimo, apenas un carro mortuorio acompañado de algunas pocas gentes.  D'Halmar ha subrayado tan triste verdad:  "Ya sabemos su fin.  Muerto a los 29 años, ningún amigo acompañó al cementerio sus restos, para que se cumpliera lo que él predijo...Tras la paletada, nadie dijo nada, nadie dijo nada".