M A R I A   L U I S A   B O M B A L

U N   M O N S T R U O   B U E N O

P E R O   E T E R N A M E N T E   J O V E N


 


 

Impresiones aparecidas en distintas entrevistas que dio la autora de La última niebla recopiladas del libro "María Luisa Bombal, con el corazón al aire puro", de Consuelo Miranda, editorial La Noria, 1985.

 


 

Cómo soy


Soy una géminis.  Dos personas en una:  una audaz, loca, imaginativa, y otra con criterio y prudencia.  Dos personas que se han ido manifestando en el camino de mi vida, a veces las dos al mismo tiempo, hasta que, yo creo, hagan un pacto y lleguen a estar juntas, complementarse, y estar tranquilas.

 

Mi carácter me han llevado a cometer errores; he sido muy apasionada, impaciente y violenta.

 

Soy inteligente, pero no en un caso extraordinario.  Tengo mis limitaciones y las acepto, lo que es signo de inteligencia.

 

En mi autorretrato sicológico me califico como un monstruo bueno, pero eternamente joven.

 

Si me dijeran que volviera a vivir, yo elegiría mi misma vida, pero con más suerte, con menos dificultades materiales.  Eso sí, que me gustaría ser dueña de muchos árboles.

 

Violencia


Cuando me da mucha rabia se paran los relojes de mi casa.

 

He sido violenta, pero en circunstancias en que he tenido que estallar.  Por orgullo, por ponerme en mi sitio.  Uno no puede ser estropajo de un hombre.¿No?...

 

La violencia estalla más cuando uno es joven.  Después uno cambia.  Yo tengo más corazón que violencia.

 

 

La mujer y su destino


 

Mis personajes femeninos poseen una larga cabellera porque el cabello, como las enredaderas, las une a la naturaleza.  He decidido que en mis libros no haya jamás una heroína que tenga el pelo corto.

 

La mujer tiene un destino:  amar.  La vida de casi todas las mujeres parece haber sido hecha sólo para vivir un gran amor, con toda su belleza y su dolor.  Es normal que muchas veces ese amor no reciba la misma respuesta.  Pero yo creo en nuestra misión de amar, aunque en estos días las mujeres se han inclinado hacia una actitud algo así como en un orgullo intelectual de no creer en el amor.

 

Lo importante es tener la capacidad de amar, profunda, enteramente.

 

El hombre


La misión del hombre en este mundo al parecer no es la misma.  La vida de casi todas las mujeres parece haber sido hecha sólo para vivir un gran amor.  En mis personajes los hombres quieren a la mujer ¡yo diría que les son casi indispensables!  Pero ellos la quieren a su modo.  Creo que en la vida real sucede lo mismo.

 

Durante el amor físico, en ese momento, más que en ningún otro, el hombre abandona su coraza y deja hablar su espíritu.  Luego se coloca nuevamente su armadura, y después olvida.

 

Amor


La pasión sin amor me parece un vicio.  La pasión con amor ¡es el amor!.

 

Los hombres se enamoraban locamente de mí, pero siempre me iba mal.  Al enamorarme perdía un amigo y lo reemplazaba por una tragedia.

 

Nunca tuve tino en el amor.  Eso es un hecho.  Tal vez fui muy exclusivista, exigiendo que siempre estuvieran pendientes de mí.

 

La felicidad


Tal vez me ha llegado el momento de admitir como Brígida, la protagonista de mi cuento "El árbol", que la verdadera felicidad está en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad.  Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de disfrutar por fin de todos los pequeños goces, que son los más perdurables.

 

Nunca seremos completamente felices. Sólo hay pequeños momentos.  Si fuéramos filósofos desde jóvenes diríamos que no existe la felicidad y hay felicidades que se dan sólo una vez en la vida.

 

La misteriosa muerte


 

Lo misterioso es para mí un mundo en el que me es grato entrar, aunque sólo sea con el pensamiento y la imaginación.  Todo cuanto sea  misterio me atrae.  Yo creo que el mundo olvida hasta qué punto vivimos apoyados en lo desconocido.  Hemos organizado una existencia lógica sobre un pozo de misterios.  Hemos admitido desentendernos de lo primordial de la vida que es la muerte.

 

La muerte es una sensación que todos hemos sentido una vez en la vida.  Viendo morir a un ser querido, viendo cómo se desgarran violentamente los lazos del afecto.  Cuando reflexiono sobre la muerte siempre termino leyendo la Biblia.  Todas las respuestas están en el Nuevo Testamento.  Me gusta especialmente el versículo de San Juan, que dice: "En la casa de mi padre hay muchas moradas".

 

La muerte no me aterra, me da una curiosidad inmensa.  Tal vez con un poquito de recelo, pero una curiosidad latente.  Yo creo que hay otra vida.  Creo que lo peor sería descubrir que detrás de la muerte no hay nada.  Sería tan terrible como creer que todo termina con la muerte tengo más amigos entre los muertos que entre los vivos.

 

El tiempo


Con el tiempo no se juega, es un tramposo que parece no ver, pero está allí, detrás de la puerta, de todas las puertas.

 

Es una infame invención moderna para justificar el apresuramiento.  Sencillamente, rehuso creer que exista.  Para mí, mis amigos no envejecen jamás, porque no creo en el tiempo.

 

La soledad


Lo peor que pueda existir.

 

En Nueva York me sentía sola, de aquella soledad particular que no se siente sino cuando uno empieza a sentirse extranjero.  Cuando pensaba en mi pasado, me parecía el pasado de otra persona y no lograba juntarme con él, tan ajeno y distante lo sentía.  Y nuestro pasado, por muy triste que sea, es el único compatriota que en el extranjero nos permite reconocernos a nosotros mismos.

 

A los tres meses de mi intento de suicidio mi desamparo fue absoluto.

 

Siempre nos sentimos solos –somos solos-. Pero el amor lo supera.

 

Esa insoportable angustia


La vida me parece una cosa siniestra y material.  Una pesadilla.  Me aplastan las transacciones.  Vivo la tristeza, todo me apena.

 

Tal vez por eso ya no peleo contra Dios.  Perdí la partida con Él y le pido piedad.

 

Es que estoy enferma del alma y he perdido toda alegría y deseo de vivir, además de sufrir  constantemente de una inexplicable e insoportable angustia.

 

De qué me sirve se autora de La Amortajada cuando mi desesperación es tan grande.

 

La poesía


Para poder seguir viviendo, necesito que las cosas sean poéticas, hermosas, que tengan corazón.

 

Sí, escribía poesía.  Las flores me atraían, ellas, las engañosas, tan amigas de la muerte.  Alguna vez compuse algo sobre el copihue blanco, todo él como seda brillante, como telaraña, sin nada de pulposo como las otras flores.  Mi tío Roberto leyó dictaminando:  Tiene usted, mi linda, que elegir la cosa más sin gracia que hay.  Los copihues rojos, pasen; pero el blanco, qué miseria.

 

A los ocho años yo escribía poesías y las guardaba en cuadernos.  Un día me lo encontraron y, con rabia y llanto, privada del secreto, lo rompí.

 

Orígenes literarios


Mi vida literaria comenzó con el embrujo de Andersen, con el hallazgo del bosque mágico y los héroes de Victoria de Knut Hamsun.  Y con un imposible del amor –a mayor amor, mayor imposibilidad: el Werther de Goethe, libro que se habría de ir desdibujando con los años, por su estiramiento y retórica; y con Selma Lagerlof, y todos los nórdicos, puro ensueño y tragedia.

 

Escribir


No soy de aquellos para quienes el escribir es una fuente de felicidad.  Lo difícil para mí no es concebir una obra, sino construir y elaborarla:  el trabajo de precisión.  Para mí el goce está en sentir un libro y fijarlo con notas.  Lo siento terminado dentro de mí.  Lo que me hastía es escribirlo.  Si no tengo un trago al lado, ese trabajo me abruma.  Tengo lo que Collete llamó la fobia del papel blanco.

 

He sido implacable con mi prosa, porque escribo para decir algo, y decirlo con poesía.  Pulo tanto que de repente tengo que parar y volver al texto original.  Me ha sucedido que, a fuerza de pulir, malogro mis cosas.

 

Y el ritmo.  No se puede escribir nunca sin ritmo.  Pero tengo que ser lógica y al mismo tiempo poética.  Busco algo que se parezca a la marea.  Siempre hay una ola que se despeña, va hacia arriba, cae y vuelve para formarse de nuevo, y de repente viene otra.

 

Para poder escribir tengo que estar contenta, tener calma.  Escribir es para mí un trabajo lento.  Pero cuando termino una obra me siento feliz y me admiro.