E S C R I B E N   H O Y

 


 

 

 

 

 

 

 

M a n u e l   A n d r o s

 

Colchagua, 1957.  Profesor de Lenguaje, Licenciado en educación y Magíster en Filosofía Política.

Ha visitados y vivido en varios países de América, Europa y África.

Ha publicado los siguientes libros de poesía:

"Imaginaria", 1987, en coautoría con la poeta Paz Molina;

"Paisajes Aerodinámicos de Urano", 1991;

"Cibernepoética", 1993; "Poemas del Príncipe", 2002;

"Y por favor, tengamos sexo", 2014, de donde extraemos estos poemas.

 


 

 

Placeres de la virgen

 

La doncella recoge violetas

sobre mi cabeza ecuatorial.

Nenúfar intacto y plectro alucinado,

euritmia divina y oculta.

La doncella gime extasiada

el placer de mi boca.

El mundo gira al revés

y yo también recojo violetas.

 


 

 

Tantra delicia

 

Tantra sensualidad.

Tantra alegría.

Tantra imaginación.

Tantra piel.

Tantra naturaleza.

Tantra delicia.

Tantra conversación.

Tantra belleza.

Tantra risa.

Tantra ternura.

Que tantra violencia, no encaja.

 


 

 

Las nubes que vi en el campo

 

Amplio es el verdor

y la brisa persigue golondrinas.

Delicadamente muerdo panes tostados,

se cimbran las espigas sobre mí,

el muslo se separa

mientras algunas nubes

cruzan por tus ojos azules.

Amplio es el verdor

y allí sumidos en el trigo

tejiendo manatíes de seda

fui el adormecido cercano.

 


 

 

Al diablo este tipo de promesas

 

Querido Julio,

aunque me prometí

nunca más volver a pisar Margaritas,

ahí me vi de nuevo, inexorablemente,

caminando por este inmenso prado,

pisándolas una y otra vez.

Aunque también había

Hortensias, Lilas,

Dalias y Marías Eugenias.

 


 

 

 

E u g e n i o   D á v a l o s   P o m a r e d a

 

Iquique, 1961.  Eugenio Dávalos es un reconocido poeta Iquiqueño avecindado en Santiago, quien ha publicado siete libros de poemas,

entre ellos La Copa de Neptuno, Naturaleza Muerta, Escrito sobre Arenal y otros.

Fue becario de la Fundación Pablo Neruda el año 1989 e integrante del Colectivo de Escritores Jóvenes en los años 80,

donde participaba junto a Ramón Díaz Eterovic, Pedro Lemebel, entre otros.

Los siguientes poemas pertenecen a su libro "Estación Central" de 2019.

 


 

 

Estación Central

 

Estamos solos en medio de este montón de buses taxis y trenes

madrugadores

Tú me has abandonado aunque vives conmigo

Da lo mismo que estés o no estés en casa

Da lo mismo que sea un poeta borracho apocalíptico o

Consumista

Todos se ha perdido

No existe para mí el otro ni epifanías

Tú eras mi último cable a tierra

Muchas mujeres hermosas caminan a diario por la ciudad

Pero ninguna eres tú

El amor es una piedra negra cuyo corazón es hierro fundido

Dejemos las cosas así nomás

sin aspavientos

Sin hacer de nuestras vidas otra mala película de Hollywood

No nos alcanza para dramas shakespereanos

Dejemos las cosas como están

Que fluyan

Yo en mi inmensa soledad

Tú al lado mío

Sola en un auto que se aleja.

 


 

 

Me aburre

 

Me aburre escribir

Horas de mi vida gastadas en tanta letra

Convivir con fantasmas

Novelas que no he acabado

Textos por aquí y por allá

Conversar con los muertos del desgano que me aliena

Pero no sé qué pastel comió mi madre para este castigo

Esta tortura tantálica

Que quise conjurar allá por los 15 años

Con posturas políticas

Yo no quise esto

No nací para escritor

No tengo esa ansia profunda por figurar

Más bien me oculto de esta vergüenza

No me encerré en ningún armario

No quise recorrer el país en mochila

Pero escribí como un demente

Escribí noches enteras

Para qué

Para nada

Ese veneno me corroe

No puedo estar sin él

Metido en mi médula

Hubiera querido otra cosa

No estas letras inútiles

Esta escritura para mí para nadie

Podría vomitar rabia

Escupir tinta

No sé de dónde o de quién vino todo esto

Podría por último usar la hoguera

Lanzar todo por la borda

Y dejar de escribir

Pero no puedo

No puedo

Abandonar este mal

Que he heredado a mi hija.

 


 

 

Ave Fénix

 

Una vez más toco la tierra de mi sangre

Dejo hundir el grito que germina

Aplaco la furia que me invade

Cuento millones de veces para que mueran las ovejas

Deshago palabras sin pensar en Dadá

Hago mil puzles por montones

Llamo a dios a mi boca atea

Busco un verso dentro de otro verso

Me calo la piel que me soporta

Salgo a caminar en noche dulce

Busco la sombra que se me ha extraviado

Derrumbo los fantasmas a mi alrededor

Lucho con mi ego y las voces tronantes enjuiciadoras

Y en fraterno abrazo

Me reconstruyo cada amanecer.

 


 

 

 

S a m u e l   L e a l   C h a u

 

Santiago, Chile, 1960.  Sus poemas han sido publicados en las revistas:

"Third Rail" N°6 de 1984. (Traducción al inglés por Steven White).

"Espíritu del Valle" N°2 de 1987;  "El organillo", separata N°4 de 1987.

Ha participado en los talleres literarios de Gonzalo Millán y Camilo Marks.

En 2019 publicó su primer libro "Ribera Norte" al que pertenecen estos poemas.

 


 

 

Natación

 

El nadador

se lanza al agua

sabiendo que flotará.

 

El desenlace del poema

juega en el cerebro

sumergido.

 

El nadador pierde

fuerzas

y se entrega al mar de palabras.

 

El poema

navega por su cuenta

y se estrella

en un brillante arrecife de cristal.

 


 

 

Lao

 

El que come en silencio

como si lo hiciera en un templo.

El que bebe con los ojos fijos

vueltos hacia el centro de la tierra.

El que ronda todos los rincones de la casa

como si viviera.

El que continúa cocinando

con las manos de su descendencia.

 

El que no dejó signos

como testimonio de su paso.

El que no dejó lengua

para ser gritada por sus nietos.

El que no dejó más datos

que aquello que había en su mirada.

 

Si no dejó signos

es porque olvidó escribirlos.

Si no dejó lengua

es porque olvidó modularla.

Si no dejó más datos

es porque las imágenes

del lejano y florido

país del centro,

iban en su semilla.

 


 

 

Señales

 

Ceda el paso.

Pare.

 

No virar a la derecha.

No virar a la izquierda.

 

No doblar en U.

No estacionar.

No detenerse.

 

Zona de hospital.

Zona de escuela.

Zona de bombas.

Zona militar.

 

Silencio.

Dirección obligada.

 

Hombres trabajando.

Niños jugando.

 


 

 

Sangre fría

 

La bolsita del té

enturbia la imagen de mi cara

en el agua hervida.

 

Afuera,

la gallina

degollada

da tumbos.

 

Remece la casa entera,

las sillas, la mesa, el mantel.

Y mi cara desfigurándose,

dentro de la taza,

tras cada espasmo

de plumas.

 


 

 

 

N e d a z k a   P i k a

 

Hola, me presento, me bauticé en las letras como Nedazka Pika, Nedazka es un juego de palabras de mis apellidos paterno y materno, y Pika significa "Flor en el desierto" en lenguaje Licán Antai, siempre me llamó mucho la atención la cultura del norte, en mi camino de piedras, y lo digo por lo duro, conocí muchas personas, viví muchas realidades e hice cosas de las cuales no me siento orgullosa, sin embargo marcando pasos igual fui elogiada, el 2007 gané en Cartagena el premio Vicente Huidobro, me encantaba hablar con el mar, pero la arena celosa siempre me hacía caer, se me nombró ganadora del premio nacional lagar 2010, que fue mi más grande alcance, gane una mención honrosa en Santiago en 100 palabras el 2011, me reencontré con poetas y amigos y descubrí lo complicado y costoso que es publicar y empecé el proyecto de PUBLICA GRÁTIS , que apoya a escritores emergentes, también con el objetivo de difundir la literatura dirijo las tertulias de LA ALTERNATIVA, que se realizan cada miércoles a las 20:00 en el TALLERSOL, Portales 2615 Santiago. Dirijo la revista Entre Paréntesis Chile, revista artística cultural que aparece cada 15 de cada mes en redes sociales y en papel.  He publicado los libros "Nada", 2013; "Damos la cura locura", 2015;  "Sex in the pobla", 2017 y "Entre porros y otras yerbas", 2017.

 


 

 

Dulces 16

 

Mi cuerpo se pudre,

el olor a descomposición invade toda la habitación.

Es una mezcla hedionda

entre sudor y semen,

es mi sangre que comienza a coagularse.

Nadie me escuchó,

sólo me miraron y me apuntaron,

como un animal más del matadero.

Nadie nunca comprenderá

por qué terminé en un colchón tirado en un peladero,

teniendo sexo oral para poder comer

algo mejor que la basura que recogía de la feria.

Aquí terminé pudriendo

mis 16 años en una habitación olvidada,

a la que un psicópata me trajo

después de una buena comida,

y quizás pasen años antes de que encuentren mi cuerpo,

mi cuerpo roído por mordiscos y gusanos

que abandono hoy,

después de una larga agonía.

 


 

 

Odio

 

Odio a los hombres que se esconden en el closet,

y a las mujeres que traicionan por un pene.

odio a los mapuches que se inclinan ante un huinca,

y odio a los Españoles de mierda que nos sodomizaron.

odio al estado y todas sus mentiras.

odio al vaticano no menos que a los protestantes,

y odio al gato que se aparea en mi balcón, odio a los volaos,

pero amo la marihuana.

odio a los poetas y sus almas egocéntricas

pero cada vez me enamoro más de la poesía...

 


 

 

Borracho, pero buen muchacho

 

Cuando iba en la micro rumbo a la torre Entel, a buscar un nuevo chip porque me robaron el celular, se subió un borracho muy simpático con una bolsita de plástico llena de flores, de algún huerto recién cortadas, robadas, asesinadas, en fin,  empezó a repartir flores entre los pasajeros, decía "Srta. Tan hermosa no me deje con las manos estiradas", yo miré por la ventana, con una clara indiferencia,  el hombre anda limpio, bañado pero se le nota que ya está alcoholizado, es inevitable ver en su cuerpo las carencias y falencias, su nariz roja.  Reparte todas las flores, con una indignante aceptación de los pasajeros,  hay una joven madre con su niño entre los brazos, se acerca y le da un beso al niño "Dios lo bendiga", a los que no se la recibían, con una simpática sonrisa les decía: "Es una flor para alegrar tu día".  Al finalizar la repartición pasó con sus manos estiradas  diciendo: "lo que sea su voluntad, no voy a mentir, es para una cañita"; me corre una lágrima, conmovida con la aceptación del público, ya que todos le dieron algo al mendigo, ante su humildad y franca simpatía, pero a mí me dio una impotencia tan grande, el pensar en la familia que hay detrás de ese borracho, en los hijos que abandonó, como lo hacías tú cuando te tomabas hasta el alcohol de los perfumes, preferías estar en otro planeta a estar conmigo, con tus hijos, con tu madre que lloraba angustiada pensando qué te pasaba, o tu padre que te rescataba de las manos de los traficantes y ladrones, que más de una vez recibió una puñalada por poner el pecho por ti, que vagábamos noche y día  para encontrarte tirado en la calle, casi muerto, entre tu mierda y las moscas que te  acariciaban, y después despertaras para salir a la calle con una sonrisa, limpio y mendigando una moneda para una caña, olvidando a tu familia, tus orígenes, tu dignidad … cerré los ojos y pensé en cuánta gente sufre por los  borrachos simpáticos que la gente ayuda a que mueran de a poco cada  día.

 


 

 

Sename Pudahuel

 

- Hola cabra chica, ¿no tenís frío?

- Sí, un poco.

- ¿De onde soi?

- Voy al 35 de Santa Rosa, ¿me tirai?

- Ya cabra chica, súbete, ¿por qué andai

sola a esta hora?

- Es que me fugué  del hogar, voy donde

mi vieja. ¿Vos soy malo? ¿ o soy vío?

- ¿A qué te referís con eso?

- Naa po, que yo soi vía, sé que tengo que

pagar la carrera de alguna forma, po. Si querís

te chupo el pico.

- Ahhh, vos vai directo al hueso.

- Directo al hueso, po y mejor, hablemos

claro, si no es primera vez que me fugo del

hogar, lo que me interesa saber es si soi malo o

soy vío.

- A ver explícame eso, cabra chica, porque

igual la carrera es larga de Pudahuel al Castillo.

- No me importa si te tengo que chupar el

pico hasta que acabes, y si querís meterlo, me

interesa que te pongai un condón. Lo que no

quiero es que me peguen y que me dejís cerca

de donde voy, no importa que no sea en mi

casa, porque algunos wueones me han dejado

tirá a medio camino.

- No cabra chica no quiero que me chupís

el pico, vamos a ir a la farmacia a buscar unos

condones, no tenís hambre?

- Sí, estoy cagá de hambre.

- Vamos a comprar unos completitos antes

- ¿Sabís?, igual te lo chupo.

 


 

 

 

C l a u d i a   V i l a   M o l i n a

 

Escritora nacida en Viña del Mar, Chile.  Profesora de lenguaje y comunicación de la PUCV, poeta y crítico literario. El año 2012 publica su primer libro “Los ojos invisibles del viento”, además ha formado parte de diferentes talleres literarios. Actualmente está por editar dos libros de poesía (en diferentes editoriales), trámite que está en proceso aún.  Ha sido publicada en variados medios digitales tanto chilenas como extranjeras de renombre: Mar Andrómeda, Babiela, Matérika, Marcapiel, Cantera, Letras de Chile, Triplov y Athena de Portugal, entre otros, junto con ello ha realizado ensayos y comentarios críticos a diferentes libros de poesía de connotados autores chilenos. Durante el año 2017 participa del grupo Derrame con textos poéticos para la antología surrealista "Componiendo la Ilusión" en honor al poeta y collagista Ludwig Zeller.  Además, ha sido publicada en la antología "Luna Llena" y la antología feminista "Ixquic", junto con la exposición de uno de sus textos en el “Centro Matta” (100 años de surrealismo) (2020). En la actualidad es miembro del grupo surrealista Agartha.

 


 

 

Transgresiones

 

Un hombre sentado frente a la mesa saluda a todos sus instintos

yo miro el diario

y la mariposa estática de pie retorna hacia las chispas

de una ondulante silueta que recorre nuestro anverso

hasta que se hace la noche y mueren los transfigurados

se mecen las aguas del tazón con leche

más allá seguimos siendo una reproducción sencilla de rasgos que inutilizaron

nuestra forma de ceder de intercambiar los rostros nuevos por otros signos

y así se construyó la idea

instantáneas de la óptica comunican sus imanes hasta que terminan de masacrar 

los gestos originales.

 

(Texto inédito Atávica)

 


 

 

Distancia

 

Los espejos de esta casa tienen extraños

(en todas sus raíces) y  multiplican

los relojes que silencia mi padre

con su modo de bendecir esta aniquilación,

se distinguen los cuerpos dejados por descuido

quieren volar hacia la oscuridad

pero mi padre no los deja mueve las cosas de sitio

y termina de colocar otros fragmentos

que se disuelven hasta el punto de la huida.

 

(Texto extraído desde el libro inédito “Los extraviados”)

 


 

 

Metro tren en

la mañana del viernes

 

En los trenes viajan a través de vidrios como puntos invisibles que juegan con el colapso del tiempo.

Y es inaudito atrapar ese instante, casi por milagro, se vuelve  una confrontación entre ellos,

los demás y nosotros que permanecemos aquí.  Estamos separados de ese fragmento  que  inutiliza

nuestra forma de movernos por esta carretera, aun cuando no veo salidas intento romper el único

tramo que me conecta con la falsedad.  Y veo los brillos de hojas de un verde  aniquilador pero

ellas juegan conmigo o contra mí. Es el sonido de las ruedas que se alberga en un  trozo de anarquía

y revienta cuando los llamo desde la cabina de mi vehículo.

 

(Texto extraído desde el libro inédito “Los extraviados”)

 

 


 

 

 

P a u l i n a   C o r r e a

 

Paulina Correa, escribe cuento y teatro, formada en los talleres de Pía Barros y Camilo Marks, miembro de la Sociedad de Escritores de Chile. Ha publicado sus libros Cuentos IncorrectosHistorias para familias normalesCuentos sobre hombres demasiado comunes; Cuentos de locura urbana; Signo de los tiempos.  En poesía Historia Marítima para dos. Su obra de teatro Princesa, Historia de sangre para niñas tristes ha sido montada en una temporada en el Teatro el Puente de Santiago.

 

 


 

 

Contra la estampida

 

Tenía cáncer, lo sabía hacía una semana.

No era que se diera por vencida, pero quería hacer una pausa, darse permiso para no ser racional, hacer justo lo que no debía.

Había puesto en la maleta ropa, que quizás después de ese viaje, no usaría más, era su viaje al fin del mundo, el de su propio mundo.

En el taxi leyó al descuido la portada del diario que insinuaba la proximidad de la pandemia.

Lo dejó y fijó su atención en la calle, los últimos meses habían dejado huella en los muros, una primera ola que había remecido la ciudad desde la movilización de la gente, la ola que venía era invisible, pero la sentía en la piel.

El aeropuerto estaba medio vacío, el vuelo lo habían pasado a un avión más pequeño y sintió el miedo de siempre en el estómago.

Sin embargo no momento de cobardías, se sentía como un animal que corre en sentido contrario en una estampida, y así y todo quería hacerlo.

Él estaba ahí parado en el hall con su maleta, esa complicidad íntima en este momento de locura.

Mientras todos pasaban cubiertos con mascarillas se besaron como siempre.  Ella sabía que era el último viaje.

Se lo merecía, ni por buena ni por ningún mérito, sólo porque quería seguir viva, viva a su manera hasta el final.

Las turbulencias parecían eternas, él, cariñoso, trataba de calmarla, continuaron incluso cuando la ciudad ya se veía por la ventanilla.

La gente caminaba relajada por el borde de la playa, salieron del hotel y se dirigieron al mar de inmediato, con esa urgencia que se había instalado en todo.

Al caer la noche se quedaron ahí sentados, con la ilusión de que nada podía perturbarlos.

Hacer el viaje era también hacer la romería habitual por los lugares de rigor, pasaron ese primer día tomando fotos, sonriendo, jugando a la normalidad.

Al atardecer, como en cuento de hadas y brujas, un vendedor les comentó que cerraría las playas al día siguiente.

Había querido estar con él en algún lugar que tuviera aún aroma a vida, así al día siguiente fueron a una playa aislada.

El mar, las sonrisas, una caricia en el pelo de él y había valido la pena.

En el celular entra un mensaje de la línea aérea, anticipan el vuelo de vuelta, así sin más en tres días, acepta, llena el formulario y vuelven a la ciudad, ahí ya la gente no es la misma.

Esta vez el paraíso no es suficiente escudo, no hay blindaje.

Comen en uno de los pocos lugares que siguen abiertos, ella mira sus ojos y sabe que la vida es hermosa, aún en medio de todo.

Los vendedores pasan y los turistas ya no compran lo9s recuerdos, el miedo a no tener futuro.

La última noche se sientan en un lugar frente a la playa, los dos sienten la presencia del otro, ella sabe que hace años que no tendría vida sin él, simple y directo.

Como una película que se rebobina vuelven al aeropuerto, esta vez está casi vacío, salvo por un grupo que protesta, porque no tiene vuelo para dejar el paraíso y volver a su país.

Por primera vez ella ve el riesgo, más bien ve que para él no es justo quedar en el limbo, que él merece ver los capítulos siguientes y que para eso tienen que volver.

El aeropuerto fantasma se los va tragando, llegan a una puerta de embarque en que se agolpan los únicos viajeros de ese día, pasan las horas y el vuelo se atrasa.

A ella le parece que es tarde para pedirle perdón por llevarlo al borde de la nada.

Llega un grupo grande de pilotos y azafatas, muchos más que los necesarios para ese vuelo, embarcan con ellos, van de pasajeros, el capitán saluda, informa que es el último vuelo que saldrá, ahí quedan como aves gigantes los aviones abandonados.

Ellos se abrazan, se besan, ella llora y descubre que tiene ganas de seguir, de pasar por esto y seguir con él el resto de su vida aunque eso no sabe cuánto será.

Quedan cuatro horas para llegar a Santiago y a lo que llaman realidad.

 


 

 

Rejas

 

Durante años tuve un adiestramiento eficiente para evadir la vida, hoy me sirve para no ver la muerte.

Son las siete de la mañana, no suena el despertador, no es necesario, por el ventanal se ve la luz rojiza del amanecer tras la cordillera.

Los edificios se van dibujando, algunos espacios vacíos, oficinas, comercios. En otros seguramente hay movimientos imperceptibles, otros seres humanos despertando.

La rutina es fundamental, siempre lo fue.

Recuerdo esas mañanas de infancia en que me levantaba para no ir a ningún lugar.

Saltaba de la cama y empezaba las labores del día.

La casa no era grande, pero a los cinco años lo parecía, una población de viviendas sociales de los años cuarenta, un lujo hoy, tres veces el tamaño de las que entregan, materiales de verdad.

San Bernardo era aún un espacio rural en cierto modo, el patio alcanzaba para un parrón y lo mejor era salir ahí en la mañana y comenzar a barrer las hojas, observar los árboles llenos de rocío.

Recuerdo la felicidad de mirar el cerezo en flor, las abejas afanadas en cada rama, las gruesas gotas de resina que brotaban de su tronco, al final las cerezas cada vez más rojas.

Hoy me levanté y regué las plantas del balcón, examine sus hojas, espere a su lado que la luz hiciera visibles todos los rincones.

Luego comencé las minuciosas labores de aseo, desde que todo esto empezó han cobrado además nuevos significados, la diferencia entre contagio y enfermedad, entre vida y muerte puede estar detrás de una mopa con cloro.

Desde niña los pisos me daban grandes satisfacciones, las tablas del piso de la casa eran delgadas y alargadas, seguramente sin pensarlo cada listón tenía un color distinto, natural. 

Eran épocas en que lo natural no era un lujo, sino simplemente lo que había, luego de terminar el primer piso iba por la escalera escalón por escalón sacando brillo.

La escalera era un espacio poco concurrido por mis abuelos, cada uno ocupado con sus tareas, así se volvía un punto privado donde llorar.

El sentimiento, el llanto, era un acto reflejo, algo que no obedecía a una larga reflexión, no era el momento culmine de la toma de conciencia de mi situación, simplemente era.

Luego, meticulosa, secaba las manchas en la madera, tomaba la escoba y comenzaba a hacer el aseo de la cocina.

Ya son cerca de las ocho y media, mis hijos duermen, durante la cuarentena no tienen nada que hacer. 

Yo en cambio ya me he conectado al computador y con eso a mi vida, en minutos otros como yo van a buscar alivio en su teletrabajo, una sensación de que los temas que ahí se discuten son aún relevantes, y que ellos y yo no estamos amenazados de muerte.

La casa de mis abuelos tenía un diminuto antejardín, unos rosales y a veces unos pensamientos que luchaban con el sol y el polvo de cemento que volaba de la fábrica de tubos de enfrente.

Todos aspirábamos ese polvo, la casa, los muebles, las plantas y nadie lo cuestionaba, solo pasábamos el paño por todo varias veces al día.

La reja del antejardín estaba cerrada.

No parece importante, pero lo era, eso marcaba una decisión de mis abuelos de no salir y de no dejar a nadie entrar, justo como ahora, una especie de cuarentena personal ante la vida, así año tras año, la reja solo se abría para escasos trayectos.

El almacén de la vuelta, la carnicería, la feria, y mi colegio.

Hoy en esta parte de la ciudad los paquetes llegan sellados y en bolsas, los dejan en la conserjería del edificio, no veo al que se arriesga en el trayecto, al que toca todo y me da una ilusión de normalidad.

Son las once y media, he escrito largos correos, he estado en reuniones virtuales en que todos lucen tranquilos y hablando de planes y metas como si no hubiera pandemia, sigo el juego, es lo que se espera, de soslayo miro la punta de mi pantufla que luce ya sucia e imagino los pies de los demás, sonrió.

Cuando mi madre se casó a escondidas y dejo la casa, se produjo el primer cierre de la reja, mis abuelos cayeron en silencio, los muebles perdieron sentido, el día a día se lleno de cosas que no se usarían más.

La vergüenza, la pena, llenó los espacios y nunca más hablaron con los vecinos.

Habían hecho todo para que pudiera estudiar, para que tuviera esa salida que ellos no habían tenido, el conocimiento, la profesión, ante esos ojos obreros era el escape a pesares de los que nunca hablaban.

Pero para su hija en ese mundo nuevo no encajaban sus padres y al mirarse en el espejo descubrió que podría con cuidado pasar como otra más, o al menos eso creía.

Estoy en el computador, casi termina mi jornada de la mañana, mando unos archivos y me levantó a la cocina.

Comienzo a picar la cebolla, mis hijos están comenzando a despertar y se asoman a verme, yo pico con destreza, en un momento veo en las mías las manos de la abuela, morenas, venosas, ágiles, manos que convertían todo en cálidos alimentos, preparo la paila, todo se vuelve un ir y venir por la cocina, tengo poco rato antes que deba de nuevo sentarme al computador y dejar de ser mi abuela.

Los niños comen animados, es el momento del día que compartimos, ese que da la idea que nada pasa, el rito del almuerzo puede exorcizar por un rato el mal que flota en la calle.

En el último mes los he visto más, he notado matices y hábitos que no había percibido, antes yo llegaba tarde y ellos conectados a sus equipos en realidad no estaban en casa, ahora hemos tenido que hablar.

La reja se cerró de nuevo el día en que mi madre me fue a entregar, en una pocas bolsas venía mi escueto pasado y luego de una conversación con los abuelos partió.

Mis padres se habían separado, un raro experimento entre un joven profesional de buena familia que decide ser revolucionario y una joven de clase obrera que decide ser arribista, el revolucionario me dio un beso en la frente y partió tras su causa, mi madre me dejo con los abuelos e inició su vida sola.

El temor a que yo fuera en algo parecida a mis padres cerró también los postillos de las ventanas y corrió los visillos a perpetuidad.

Son ya las dos, lavada la loza, luce impecable.

Tomó un tazón de café y me preparo a escribir un informe, lo esperan para hoy, torrentes de adjetivos, sustantivos, ilativos, conectores, una catarata que concluye, cuando el correo parte para que alguien a su vez en su casa empiece a decorticarlo y pasar su tarde en ese pedregoso texto.

El ropero estaba cerrado hacía años, al abrirlo los libros resbalaron por decenas y sentí que había encontrado un tesoro, olvidados desde la época de universidad de mi madre, ese fue el golpe de suerte de mi infancia.

Ha terminado la jornada, me desconecto de la plataforma de mi oficina, voy a mi pieza, ahora abro mi ropero y ahí están los libros, mis libros, y como entonces en la escalera de los abuelos me siento en el piso y me pongo a leer, está probado, así cruce rejas y puertas de niña, ahora cruzo a espacios inmunes y distintos, mundos en que los protagonistas tienen otras preocupaciones que una pandemia mortal.

 

 


 

 

 

A l e j a n d r o   R e j ó n   H u c h í n

 

Wilberth Alejandro Rejón Huchin (Mérida, Yucatán, 18 de mayo de 1997). Es un poeta y gestor cultural mexicano. Fue becario del festival cultural interfaz 2016 en Mérida. Director del festival internacional de poesía de Tecoh, Yucatán y autor del libro Transcurso de un retrato cortado, publicado por la editorial argentina Buenos Aires Poetry. Algunos de sus textos han sido traducidos al árabe, italiano, rumano y catalán. En el 2018 fue nombrado visitante distinguido de la ciudad de Toluca durante su participación en el Segundo Festival Internacional de Poesía José María Heredia y en el 2019 obtiene el premio internacional de poesía Harold Von Ior. Ha participado en distintos eventos internacionales de literatura en Guatemala, Cuba y México. Parte de su trabajo se encuentra en antologías como: Poetas allende de los mares (España, 2018) Poesía nómada( Argentina, 2016), Memoria del 15 festival internacional de Quetzaltenango(Guatemala, 2019) y poetas en el Cosmovitral( H. Ayuntamiento de Toluca, 2018).

 


 

Xelajú

 

Un beso abierto en el centro de la noche
que es la luna tocada por la identidad de una imagen
condensa el azul de un astro apoyado en el enigma:
cuerpos imantados hacia el borde del árbol
detenido a la mitad de su silencio.
 


 

 

Todos los cabellos del cielo
 

Son como pájaros hambrientos,
Y sobre el mármol de la hiedra
Descansa un mar más oscuro que los ojos del tiempo.

Alejandra,
Hoy que tu ombligo llovizna la nieve,
Las mariposas parecen retratar la identidad de las imágenes.
¿en qué momento el páramo de piel
Se fue a perder sobre el río de tus sombras?
 


 

 

El último barco imantado por la noche


Viaja de los cabellos lunares de una estrella
Soñada entre los labios de la nieve
hasta el jilguero fugaz de los espejos,
nadie se encuentra ya en la intemperie
de unas cruces que disuelven los nervios del estero
y el ombligo azulado de un árbol
Brincado por la imagen
que atravesó las puntas del tiempo
es ya el último reflejo
de unos parpados abiertos por el agua de los dioses.
 


 

 

El mar es una larga estela en el fondo de la memoria,
 

un cuerpo destrozado que duerme en las orillas del tiempo,
su carne junta la sal donde la noche moja con su ombligo de luna
el sueño más puro de los ahogados,
y en su vientre,
un olor de mujer dormida es el sonido del reflejo
en el que cae como alfiler el peso de la vida
y de los astros imantados.

 


 

 

La imagen se distiende en el reflejo de la noche,
 

un sonido plateado y unos pliegues marinos cubren
la emboscada del vuelo al que se pegan
los fragmentos de la luz,
del otro lado de la memoria
el agua rota de los sueños es una carne
exteriorizada en cuyos bordes va naciendo
el espejo de los astros.

 


 

 

La lluvia entreabierta en una esquina de parís

 

cruza los álamos del reflejo,
inerte,
desquiciada voz de un semáforo
que reposa los oídos del viento
en cuyas estelas se acrecienta
una piel fugaz que ha dejado en el halo del abismo
la ruptura para guardar la noche y sus deseos.

 

 


 

 

 

S h a r o n   G o r o s i t o

 

Mi nombre completo es Sharon Nicole Gorosito Molina, tengo 20 años, nací en Pilar, Buenos Aires, y actualmente curso el segundo año en la carrera de Profesorado en Lengua y Literatura. Asisto desde este año corriente al Taller de escritura creativa “Perdón por la poesía”, coordinado por la profesora y poeta Mariela Palermo, en el Centro Cultural IntegrArte.
Publiqué 3 poemas en el Periódico local De Derqui El Apogeo, soy miembro de la comunidad de poetas “Poetas Amigos de Marruecos”.
Actualmente soy colaboradora literaria del portal Posdata Digital Press en la columna Vidas en letra y trabajo en mi primer libro de poesía.
 

 


 

No existe un hogar

 

Y en la utopía
Ya no llueve dentro de mí
Abandoné mis pertenencias
en las calles secas y rosadas.
No existe un hogar
nadie tiene las manos manchadas.

 


 

 

Habiten junto a mí
 

Sáquenme de esta habitación oscura
O mejor, habiten junto a mí toda
esta amargura que florece, mientras
el pedrisco golpea en
mis ventanas, asomando
sordamente el nombre de aquel que me abandonó.
Las nubes se condensan
casi como un insulto, ahora que paré de llorar.

 


 

 

Ya no estás

 

¿A dónde voy ahora que no
me reconozco y duele?
Se me pudre el alma
Hoy me preguntaba si alguien
volvería a quererme como vos
Hace tiempo ya no suena el teléfono
Tengo algo que decirte
Sigo atada a tus besos
Hoy te volví a soñar
Ya no tengo frío
Si sigo despierta
nunca te voy a encontrar.
 

 


 

 

 

E n v e r   B a z a n t e

 

Nació en Ecuador, es escritor, tecnólogo y tutor virtual.  Sus últimas obras:

Libro de investigación “Política Criminal”. 2018.  Novela “Crimen Organizado”. 2019.
Varios poemas y textos han sido publicados en formato virtual e impreso; en Ecuador, Perú, España y México.
 


 

Adoratorio ancestral

 

Las horas mueren con el paso del tiempo,
diviso los cambios cada tarde,
encuentro lo necesario cada momento,
lo inhóspito será pronto explorado;
el camino se vuelve sombras,
serán kilómetros para encontrar algún claro,
atisbo un valle de niebla profunda,
la noche peca de inoportuna;
los senderos parecen más pequeños,
mejor aguardar el día para ver,
la luna fulgida en parte nos alumbra,
el alba aparece es reciente amanecer;
la mañana es triste de nubes su cortina,
los pies con su destreza pueden también correr,
desciendo por el trazado de una zanja,
un camino en la montaña es al parecer;
hace cientos de años fue una empalizada,
los nativos exterminados habitaron el lugar,
tomé esta referencia y llegué cerca de un pueblo,
experiencia para la vida se debe tener;
oportunidad para nosotros ir descubriendo,
la identidad es importante no se puede perder.

 


 

 

Karina, apreciada amiga
 

Gran amistad de vida volvimos,
los días demasiado cortos,
eran tiernos breves momentos,
digna promisión para querernos.

La compañía ingenua y sincera,
resultó bendición para ambos,
encontré anunciada tu sonrisa,
evocada virtual de los campos.

Aprendí no fuimos indiferentes,
cuando levitaron los corazones,
las pausas son raras decisiones,
si el amor de tu vida extingues.

 


 

 

Ciudad encantadora


Aire de selva,
vitaliza el alma,
mientras respiro.

Deleitan flores,
gastronomía invita,
amor florece.

Naturalidad,
amables rostros,
de felicidad.

Hallo fortuna,
es tierra productiva,
hoy nuestro hogar.

Gente amable,
ciudad encantadora,
hospitalaria.
 

 

 


 

 

Helen, falsos involucrados


Desconocí tus razones,
para negarme el cariño,
de tu palpitante corazón,
que devora mi sueño.
Fueron factores externos,
irrumpieron nuestro lado,
que envidiosos y falsos,
resultaron involucrados.
Luego pasaron los años,
nos encontramos de prisa,
breve pasamos de largo,
evitamos, la piel eriza.
Pudieron ser muchas inquietudes,
que necesitaban contestarse, quizá;
no era necesario, y tal vez,
es mejor la vida sin tristeza.
El recuerdo es del pasado,
hoy lo tenemos como ido,
sin embargo está plasmado,
la mente no ha despedido.
Si quiero decirte algo,
no fue ninguna cosa mía;
llamé, ni respondiste al decir aló,
fue innecesaria tu rebeldía.
Pasó mucho tiempo para comprender,
la tranquilidad que tuvimos, nuestro querer,
quedó inconcluso por dejarnos sorprender,
el amor que tuvimos resultó perder.
Por medio de estas líneas te comunico,
estaré siempre para ser tu amigo,
sinceridad tuvimos y lo platico,
la inocencia del amor llevas contigo.